La forma de gobierno de un país no surge por azar; es el resultado de su historia, sus influencias externas y las soluciones que encontró para resolver tensiones políticas concretas. De ahí que algunas naciones opten por sistemas parlamentarios, mientras otras prefieren un modelo presidencial. ¿En qué se diferencian realmente y por qué cada país eligió uno?
Origen y supervivencia del poder
La diferencia fundamental entre ambos sistemas está en cómo se elige y mantiene al jefe de gobierno. En un sistema parlamentario, los ciudadanos votan para elegir a los miembros de la asamblea. De esa asamblea surge un primer ministro que gobierna en tanto conserve la confianza de la mayoría; si pierde ese apoyo puede ser destituido mediante una moción de censura y convocarse a nuevas elecciones. Por el contrario, en un sistema presidencial el presidente y el parlamento son elegidos por separado y por plazos fijos. El jefe del Ejecutivo tiene poderes propios y no depende del parlamento para mantenerse en el cargo.
Tradiciones históricas y coloniales
Muchas antiguas colonias replicaron instituciones del país que las dominaba: los países de la Commonwealth se decantaron por un parlamentarismo inspirado en Westminster, mientras que la tradición republicana estadounidense influyó en gran parte de América Latina para adoptar sistemas presidenciales. En Europa continental, algunos estados combinaron elementos parlamentarios con presidenciales tras las guerras y las transiciones democráticas.
Cultura política y fragmentación partidaria
La cultura política y la estructura de partidos también inclinan la balanza. Sociedades con partidos muy fragmentados o coaliciones variables suelen preferir el parlamentarismo porque ofrece mecanismos de negociación y cambios de gobierno sin esperar al fin del mandato. En cambio, países con sistemas bipartidistas fuertes o liderazgos carismáticos han apostado por el presidencialismo para dotar de estabilidad y una figura visible a la nación.
Flexibilidad frente a estabilidad
Un argumento a favor del parlamentarismo es su flexibilidad: permite reemplazar a un gobierno que pierde apoyo sin crisis institucional. El presidencialismo, en cambio, garantiza estabilidad temporal mediante mandatos fijos, aunque a veces genera bloqueos cuando el Ejecutivo y la asamblea están controlados por fuerzas opuestas. Cada modelo responde a una tensión distinta entre adaptabilidad y continuidad.
Sistemas híbridos y adaptaciones
Entre ambos extremos existen modelos mixtos. En los semipresidencialismos, como el de Francia, hay un presidente elegido por voto popular con amplias atribuciones y un primer ministro que necesita el respaldo del parlamento. Esta fórmula busca equilibrar la legitimidad del sufragio directo con la flexibilidad parlamentaria.
¿Cuál es mejor?
No existe una respuesta. La experiencia muestra que tanto sistemas parlamentarios como presidenciales pueden funcionar bien o mal según la calidad de las instituciones, la cultura de negociación política y la fortaleza del Estado de derecho. Más que copiar un modelo, cada sociedad necesita construir un arreglo que refleje su historia, su diversidad y su voluntad de diálogo.