Editorial número dos
Un país también se construye con palabras.
Con las que prometen, con las que explican… y con las que esconden.
En la RD, las excusas se han institucionalizado.
Son una forma de responder sin resolver.
De hablar sin comprometerse.
De cumplir con decir algo, diciendo nada.
Las instituciones no mienten, pero tampoco dicen toda la verdad.
Se escudan en tecnicismos, en procesos administrativos, en futuros que rara vez llegan, o al menos no como los prometen.
Y cada vez que lo hacen, refuerzan un sistema donde rendir cuentas no es un deber, sino un gesto opcional.
Lo peligroso es que nos estamos volviendo expertos en decodificar excusas.
Ya sabemos qué significa “se están tomando medidas”.
Ya entendemos que “los organismos competentes investigan”.
Pero seguimos sin saber cuándo llega la solución.
Y eso debería preocuparnos más que el fallo en sí.