Editorial número cuatro
Hay agotamientos que no se explican con una agenda llena ni con pocas horas de sueño.
Un tipo de cansancio que no se cura con una buena dormida ni desaparece con vacaciones.
Porque no es solo físico, ni únicamente mental.
Es más bien una acumulación lenta, que se instala sin hacer ruido.
Se van quedando pendientes decisiones no tomadas.
Conversaciones que se posponen una y otra vez.
Silencios incómodos que se hacen costumbre.
Se guardan emociones que nunca se dicen, frustraciones disfrazadas de paciencia, responsabilidades asumidas por rutina.
Y todo eso se acumula, sin darnos cuenta, hasta que pesa.
Nuestra sociedad aplaude al que nunca descansa y celebra al que “siempre está en algo”.
Admitir que se necesita una pausa parece una traición al sistema.
Y sin embargo, ese sistema no sostiene a nadie.
Solo exige.
Y cuanto más se acumula, más difícil se vuelve identificar qué está realmente mal.
Muchos confunden ese agotamiento con flojera.
Lo nombran como debilidad.
Lo ridiculizan con frases como: “tienes que echar pa’lante”, “todo el mundo está igual”.
Pero no todo el mundo está igual.
No todos han tragado el mismo silencio, ni sostenido el mismo peso emocional con una sonrisa.
La acumulación no se nota, pero habla.
A veces con insomnio, otras con apatía.
A veces en forma de un “estoy bien” que suena automático.
Por eso vale la pena detenerse y revisar.
No para soltarlo todo de golpe, sino para empezar a soltar con conciencia.
No por capricho. Por dignidad.