Editorial número cinco
Mucha gente persigue cosas que ni siquiera ha elegido por sí misma.
Metas que no definió, estilos de vida que no construyó, ideas de éxito que asumió como propias sin cuestionarlas.
Se avanza porque hay que avanzar.
Se compite sin saber bien qué se está jugando.
Lo importante parece ser no quedarse atrás, aunque nadie se haya parado a decir atrás de qué.
Hay una diferencia fundamental entre tener un deseo y haberlo elegido.
Entre querer algo porque va con lo que uno es, y quererlo porque es lo que toca, lo que se espera, lo que hacen los demás.
Mucho proviene de ideas prestadas, de expectativas heredadas, de métricas impuestas.
Se busca reconocimiento sin saber si se necesita.
Se busca progreso sin detenerse a pensar si se quiere lo que ese progreso conlleva.
El resultado es una carrera que agota, no por el esfuerzo, sino por la falta de sentido.
Una búsqueda que no produce plenitud, sino una necesidad constante de algo más.
¿Y si ese “más” nunca llega?
¿O si llega y no es suficiente?
Entonces, ¿qué se estuvo persiguiendo todo este tiempo?