Editorial número siete
Hay silencios que duelen más que las palabras.
No porque nadie diga nada, sino porque quienes deberían hablar no lo hacen.
Y ese silencio, el de los que tienen voz y poder, algunas veces pesa más que el estruendo de cualquier colapso.
A veces, las estructuras ceden.
Algunas son de concreto.
Otras, morales.
Y cuando eso pasa, hay quienes quedan atrapados, y hay quienes parecen logran salir ilesos, con la ropa limpia y las palabras bien ensayadas.
Lo inquietante es que, en ciertas historias, los que estaban justo al “centro” del desastre no tiemblan.
Hablan con calma, dan entrevistas, se muestran “serenos”.
Mientras tanto, los demás —los que no firmaron permisos, los que no se lucraron, los que confiaron— son los únicos que parecen cargar con la pérdida.
En este país, hay “disparates” que se investigan con premura, y otras que simplemente se desvanecen entre papeles y titulares.
No porque falten pruebas, sino porque sobran excusas.
Porque, a veces, la justicia parece necesitar una invitación para hacer su trabajo.
Pero, ¿qué dice de nosotros una justicia que pide permiso?
¿Qué tipo de memoria estamos construyendo si el olvido siempre tiene mejores abogados?
No es un llamado al escándalo, ni al linchamiento mediático.
Es un llamado a la conciencia.
A preguntarnos por qué hay nombres que resbalan tan fácil entre los huecos del sistema.
Por qué en ciertos casos, el peso de la ley parece más ligero que el de una columna mal hecha.