Editorial número nueve
Estar, ese verbo tan fácil de conjugar, se ha convertido en una excusa perfecta para no sentir.
Lo usamos para convencernos de que cumplimos, aunque sepamos que estamos distraídos.
Para decir que fuimos, que respondimos, que acompañamos…
pero muchas veces lo que entregamos no es presencia, sino apenas disponibilidad.
Y no solo pasa en el trabajo, donde uno asiste a reuniones sin estar realmente involucrado,
donde responde correos mientras piensa en otra cosa,
donde marca presencia sin energía ni intención.
Pasa también en casa, con la familia,
en las conversaciones que parecen cotidianas pero que en verdad son las que sostienen vínculos.
Pasa cuando estamos con alguien que queremos, pero seguimos más atentos al teléfono que a su voz.
Estar presente es mirar, escuchar, implicarse,
sentir lo que está pasando en ese momento, incluso si no es cómodo.
Y claro, no siempre se puede estar al cien por ciento.
La mente se cansa. El cuerpo no da. La vida abruma.
Pero si eso se vuelve rutina, si estar sin estar se convierte en hábito, todo empieza a vaciarse.
Las decisiones, las relaciones, el trabajo.
Y es que nadie puede comprometerse de verdad con algo que no habita.
No se puede cuidar lo que no se mira.
No se puede construir si se está con la mitad de la atención puesta en otra parte.
Y ese tipo de ausencias no se notan al principio.
Pero con el tiempo pesan, y mucho.
Estar presente es una forma de respeto.
Hacia lo que uno hace y hacia con quién uno está.
Y en este hermoso mundo que alaba la velocidad, la multitarea y la hiperconexión,
tal vez lo más valioso sea esto:
elegir estar, pero de verdad.