Editorial número doce
El cambio no siempre hace escándalo.
A veces pasa en lo mínimo, en el cansancio que no anuncias pero te resetea por dentro,
en esa conversación que decidiste no tener,
en el mensaje que ignoraste sin culpa,
en la emoción que te atravesó y que esta vez no explicaste a nadie.
Y cuando por fin te frenas, no sabes cómo pasó,
pero ya no estás en el mismo lugar.
Sigues en la misma casa, el mismo trabajo, los mismos contactos,
pero algo en ti ya no se acomoda igual.
Uno espera que evolucionar se sienta como un logro,
como algo brillante o una decisión firme,
pero la verdad se parece más a un desgaste útil,
a una ruptura calladita entre lo que fuiste y lo que ya no puedes seguir aguantando.
No sabes cómo lo soltaste, pero lo soltaste.
En algún punto dejaste de insistir, y cuando lo notas, ya no estás ahí.
Estamos tan jodidamente acostumbrados a medir el progreso
por lo que se puede contar, mostrar, subir, aplaudir,
que cuando el cambio es interno, lento, casi imperceptible, sentimos que no vale.
Pero vale.
Vale el día en que no reaccionaste igual.
Vale el momento en que no explicaste lo obvio.
Vale la incomodidad de sentir que algo se rompió por dentro,
aunque por fuera todo siga igual.
A veces el cambio está en cómo ya no buscas explicaciones
donde antes necesitabas aprobación,
en cómo te alejas sin pelear,
en cómo ya no te esfuerzas por convencer a quien no quiere entender.
Está en que ahora prefieres estar solo a estar con quien te drena.
En que puedes pasar días sin hablar con ciertas personas y no sientes culpa.
En cómo dejaste de correr detrás de lo que te tenía desvelado.
En cómo te cuidas más, incluso cuando nadie lo nota.
En cómo ya no estás dispuesto a ser una versión tuya que siempre se ponía de último.
Eso también es cambio.
Aunque nadie lo vea.
Aunque tú mismo todavía estés aprendiendo a creértelo.