Editorial número catorce
Pasaste años pidiendo un respiro, algo que no doliera, algo que no pesara.
Y ahora que no estás corriendo detrás de nada, te encuentras raro,
porque no sabes cómo se habita un lugar que no arde,
cómo se camina cuando ya no te están empujando
o cómo se quiere cuando no hay que rogar.
Y te das cuenta de que tal vez esto que estás viviendo ahora
es eso mismo que un día suplicaste sin saber cómo ponerlo en palabras.
Pero la costumbre de sufrir te hace dudar,
te dice que debe haber algo mal, que algo va a pasar,
que te estás confiando demasiado.
Te empuja a buscarle el fallo a lo que simplemente está fluyendo.
Y es ahí donde uno tiene que detenerse,
porque esto, justo esto, es lo que nunca aprendiste a celebrar:
sentirte bien sin tener que justificarlo.
No se trata de grandes logros ni de metas cumplidas,
se trata de darte cuenta de que estás en un momento
donde no necesitas apurarte ni explicarte,
donde las cosas no se sienten pesadas,
donde tu cuerpo no está tenso todo el día,
donde te das cuenta de que por fin puedes respirar sin pensar demasiado,
comer con ganas, dormir con calma
y estar con alguien sin miedo de que se vaya.
Y aunque parezca simple, eso no lo habías vivido así.
Quizás no lo digas, quizás ni lo compartas,
pero lo estás sintiendo, y eso es más que bien.
Y después de todo lo que pasaste,
eso ya es muchísimo más de lo que alguna vez pensaste que ibas a tener.