Editorial número quince
No el tú que la gente aprendió a entender,
ni el que te sale automático cuando hay que resolver,
ni siquiera el que crees que eres ahora.
El otro tú.
El que hablaba con voz suelta,
el que no estaba actuando,
el que hacía cosas raras sin pedirle permiso a nadie,
el que no tenía que rendir cuentas por lo que le gustaba.
Ese tú.
¿Dónde se metió?
No lo mataste,
pero lo fuiste ignorando,
cada vez que dijiste “no es pa’ tanto”,
cada vez que aguantaste por no resaltar o “pertenecer”,
cada vez que te convenciste de que era mejor no decirlo así.
Nunca se cambia de golpe.
Uno se va doblando en lo pequeño,
adaptándose a lo que no se atrevía a rechazar,
y cuando viene a ver,
ya no se reconoce.
Pero no todo se pierde.
A veces, lo que soltaste sigue ahí,
esperando que te canses de parecer correcto,
esperando que por fin digas:
esto me gustaba, y me lo quiero devolver.
No hace falta volver al de antes.
Basta con recuperar una parte:
una risa,
una costumbre,
una voz
que era tuya, y sigue siendo tuya aunque lleve rato callada.
Y si la encuentras,
no la sueltes otra vez.