Hay gente con la que conectas en cinco minutos y otra con la que puedes hablar horas sin sentirte cerca. No siempre es por el tema de conversación, ni por los chistes. Muchas veces, la diferencia está en algo más calladito: los valores que cada quien carga por dentro.
Pero, en serio, ¿qué tan importantes son los valores para crear conexiones reales y no solo conversaciones vacias?
Primero, de qué estamos hablando cuando hablamos de valores
En psicología, los valores no son “cosas bonitas” que se ponen en un mural corporativo. Son ideas profundas sobre lo que consideramos importante y deseable en la vida: justicia, lealtad, éxito, seguridad, libertad, cuidado del otro, entre muchos otros.
Esos valores funcionan como filtros. Filtran lo que consideramos “normal”, lo que nos parece intolerable y lo que nos emociona. Y, por tanto, filtran también con quién nos sentimos bien.
La ciencia detrás del “nos llevamos bien”
Además, la intuición de “conecto más con quien piensa parecido a mí” no se quedó en intuición. Hay estudios que la han puesto a prueba.
Un trabajo reciente con parejas jóvenes en Hong Kong encontró que la similitud en valores y en rasgos de personalidad se relaciona con mayor satisfacción en la relación. No se trata solo de llevarse bien en el día a día, sino de sentirse más comprendidos y más seguros dentro del vínculo.
Otros estudios sobre parejas señalan que lo que más pesa no es coincidir en todo, sino la sensación de similitud general: percibir que la otra persona ve el mundo “más o menos” desde un lugar parecido. Esa percepción se ha asociado con relaciones más satisfechas y estables.
Y no es solo cosa de romance. Investigaciones sobre amistad muestran algo similar: las personas tienden a hacerse amigas de quienes comparten valores de comunicación parecidos, por ejemplo, la importancia de escuchar, de hablar claro o de cuidar al otro en la conversación.
En resumen, la evidencia va en una dirección bastante clara: cuanto más alineados están nuestros valores con los de alguien, más fácil se hace confiar, abrirse y mantener el vínculo a largo plazo.

Valores compartidos no significa ser copias
Importante: compartir valores no es ser clones.
Puedes tener una relación muy cercana con alguien que no comparte tus gustos musicales, tu carrera ni tu estilo de vida, pero sí coincide contigo en que:
- no se miente, aunque duela
- la gente se respeta
- el poder no justifica pisar a los demás
- la lealtad no es negociable
La teoría de Schwartz muestra que los valores se organizan en tensiones: por ejemplo, entre enfocarse solo en uno mismo (poder, logro) y enfocarse en el bienestar de los demás (benevolencia, universalismo).
Si tú priorizas fuertemente el cuidado y la justicia, y la otra persona prioriza fuertemente el estatus y el beneficio personal, la fricción aparece tarde o temprano. No importa cuántas cosas “divertidas” hagan juntos. Se rompen acuerdos silenciosos sobre qué está bien y qué no.
Por eso hay conexiones que se desgastan cuando llegan decisiones difíciles: un ascenso, un conflicto ético en el trabajo, una traición pequeña que uno normaliza y el otro no. Lo que se rompe realmente no es el plan, es la base de valores compartidos que nunca estuvo tan alineada como parecía.
Cómo se construyen conexiones desde los valores
Los valores no son solo algo que “traemos de casa”. También se negocian y se construyen con el tiempo.
En terapia de pareja, el psicólogo John Gottman habla de crear “significado compartido”: construir rituales, historias, objetivos y símbolos que le dan sentido a la relación. En el fondo, eso es trabajar valores: qué celebramos, qué no toleramos, qué metas sentimos como “de los dos”.
Algo parecido pasa en grupos, equipos de trabajo o comunidades. Organizaciones que trabajan con el mapa de valores de Schwartz muestran que cuando las personas sienten que comparten valores con su entorno (por ejemplo, justicia, honestidad, cooperación), se involucran más y confían más en los demás.
Incluso en salud mental se ha visto el impacto: parejas con actitudes y valores más alineados suelen reportar menos síntomas depresivos y mayor bienestar. No porque tener valores compartidos “cure” nada, sino porque reduce conflictos constantes y refuerza la sensación de estar acompañado de verdad.
Entonces, ¿qué tan importantes son los valores para crear conexiones?
Bastante más de lo que pensamos.
Los valores funcionan como el sistema operativo de las relaciones. Sobre esa base se instalan las “apps” de siempre: el humor, las conversaciones largas, los intereses en común, los viajes, los memes, lo cotidiano. Pero si el sistema operativo choca, las apps se trancan.
No necesitamos coincidir en todo. De hecho, las diferencias sanas retan, abren la mente y hacen las relaciones menos aburridas. Lo que sí parece clave, según la investigación y la experiencia, es que haya un terreno compartido en algunas preguntas fundamentales:
- ¿Qué es negociable y qué no?
- ¿Qué consideramos justo?
- ¿Cómo tratamos a quien tiene menos poder que nosotros?
- ¿Qué cosas nunca haríamos para “salir adelante”?
La respuesta a esas preguntas no se da siempre en voz alta, pero se nota en la forma en que tratamos al personal de servicio, en cómo reaccionamos frente a una injusticia, en qué hacemos cuando nadie está mirando.
La próxima vez que sientas que conectas con alguien “sin saber por qué”, quizá valga la pena hacerte otra pregunta:
¿Qué valor mío acaba de encontrar en esta persona?
A propósito, ya hemos hablado antes sobre cómo funciona la mente cuando intenta tomar decisiones y cómo muchas veces creemos que pensamos por nuestra cuenta cuando, en verdad, hay fuerzas sociales empujando por detrás. Si quieres profundizar en esa parte, puedes leer nuestro artículo “¿Realmente piensas por ti mismo?“
