Editorial número trece
Nadie te vio cuando tuviste que seguir como si nada.
Cuando te cambiaste, saliste, sonreíste, hablaste, trabajaste,
aunque por dentro te sentías al borde.
Y lo hiciste así no porque fueras fuerte, sino porque no había opción.
Porque si tú no lo resolvías, no lo resolvía nadie.
No hiciste drama y mucho menos lo publicaste.
Te tragaste el miedo y saliste con él abrazándote.
Y por eso es tan fácil que los demás piensen que estabas bien,
que lo manejaste, que fue más fácil de lo que realmente fue.
Pero tú sabes.
Sabes lo que te costó levantarte esos días.
Sabes lo que te tragaste solo para no preocupar a nadie.
Sabes lo que callaste para que todo siguiera funcionando.
Aprendiste que el valor de algo no se mide en cuánto cuesta,
sino en cuánto te cuida.
Que un vínculo no es real si te exige ser fuerte todo el tiempo.
Que el silencio no siempre es calma,
y que a veces el cansancio no es físico, sino emocional.
Y que incluso sin saberlo, te volviste más sabio,
más selectivo, más tuyo.
No necesitas aplaudirte todos los días,
ni convertir todo lo vivido en lección.
Pero no puedes seguir tratándote como si nada de eso hubiera pasado.
Porque sí pasó.
Y porque ya no eres la misma persona que aguantó todo eso.
Lo mínimo que mereces después de tanto, es no olvidarte de ti. ¿Oki?