La política, por definición, es el arte de tomar decisiones que afectan a una comunidad. Estas decisiones suelen estar influenciadas por sistemas de valores, creencias y perspectivas, comúnmente conocidas como ideologías. Pero, ¿es posible concebir una política completamente desvinculada de ellas? Este es un debate que ha fascinado a filósofos, científicos políticos y ciudadanos por siglos.
El ideal de la neutralidad
La idea de una política sin ideologías suele ser defendida por quienes buscan un enfoque basado únicamente en datos, hechos y eficiencia técnica. Este ideal, conocido como tecnocracia, promueve la administración pública por expertos que actúan de manera objetiva, alejados de los debates partidistas o doctrinales.
En un mundo tan polarizado como el actual, esta propuesta resulta atractiva. Nos invita a imaginar gobiernos que toman decisiones basadas en evidencia científica en lugar de dogmas políticos. Por ejemplo, políticas climáticas diseñadas únicamente en función de datos sobre emisiones de carbono o decisiones fiscales basadas en proyecciones económicas neutrales.
Su omnipresencia
Las ideologías no son algo que podamos simplemente “apagar”. Están profundamente integradas en nuestra manera de entender el mundo y de priorizar los problemas. La elección de qué datos considerar y qué objetivos perseguir ya implica una decisión ideológica. Por ejemplo:
- Política económica: Durante la crisis financiera de 2008, algunos países adoptaron medidas de austeridad para reducir déficits, mientras que otros optaron por políticas expansivas para estimular la economía. Ambas estrategias estaban respaldadas por datos, pero cada una respondía a visiones ideológicas diferentes: la primera más cercana al neoliberalismo, la segunda con tintes keynesianos.
- Gestión de la pandemia: La llegada de la pandemia en 2020 fue otro escenario que expuso diferencias ideológicas en la política: Suecia: Optó por una estrategia única en Europa al evitar los confinamientos estrictos. Su gobierno argumentó que medidas menos restrictivas protegerían la economía y permitirían desarrollar inmunidad colectiva. Este enfoque liberal generó controversia, ya que priorizó las libertades individuales y económicas sobre restricciones sanitarias más agresivas. En contraste, bajo el liderazgo de Jacinda Ardern, Nueva Zelanda implementó confinamientos estrictos desde el inicio de la pandemia. Basado en un enfoque progresista y comunitario, el gobierno priorizó la protección de la salud pública, argumentando que controlar la propagación inicial sería más beneficioso tanto para la economía como para la sociedad a largo plazo.
- Infraestructura y transporte: La construcción de una carretera o una línea de metro puede parecer una cuestión técnica, pero las prioridades en cuanto a quién se beneficia reflejan valores subyacentes. Un gobierno podría priorizar el transporte público para fomentar la equidad, mientras otro podría enfocarse en carreteras para estimular el uso privado del automóvil.
La falacia de la neutralidad
Incluso en contextos donde predominan decisiones técnicas, estas no están libres de valores. Tomemos como ejemplo los gobiernos tecnocráticos. Aunque suelen presentarse como “neutrales”, en la práctica, sus decisiones reflejan preferencias ideológicas. Un caso emblemático es el de Grecia durante la crisis de deuda soberana. Los tecnócratas implementaron severas políticas de austeridad basadas en análisis económicos, pero estas medidas fueron criticadas por su inclinación hacia una ideología neoliberal que priorizaba a los acreedores sobre los ciudadanos más vulnerables.
¿Qué podemos aprender de este debate?
Más que aspirar a eliminar las ideologías de la política, quizá el objetivo debería ser gestionarlas de manera transparente. Reconocer que toda decisión pública está influida por valores que nos permite discutir abiertamente qué principios deben guiar nuestras acciones colectivas. Esto puede fomentar un diálogo más inclusivo y menos polarizado.
En lugar de ocultar las ideologías bajo el velo de la tecnocracia, los gobiernos pueden equilibrar la evidencia con un debate honesto sobre los valores que priorizan. ¿Queremos un sistema de salud que priorice la cobertura universal sobre la rentabilidad? ¿O un sistema educativo que prepare para el mercado laboral en lugar de desarrollar habilidades críticas?
¿Un ideal inalcanzable?
Soñar con una política sin ideologías es como aspirar a un lenguaje sin palabras. Las ideologías son la base sobre la que construimos nuestras sociedades, nuestras prioridades y nuestras soluciones. Lejos de ser un obstáculo, pueden ser una herramienta poderosa para enriquecer el debate público, siempre y cuando sean abordadas con claridad y humildad.
Y es que la verdadera pregunta no es si podemos eliminar las ideologías de la política, sino cómo podemos manejarlas para construir un mundo más justo, inclusivo y sostenible. Al final, reconocer nuestras propias perspectivas y las de los demás es el primer paso hacia un diálogo político más constructivo.