Editorial número ocho
Todos los días hay algo que apremia.
El mensaje o correo que no puede esperar, la entrega que se atrasó, la llamada que entra justo cuando se está por comer.
Lo urgente domina la agenda, ocupa el calendario y pone el ritmo.
Y mientras tanto, lo importante se acomoda como puede en el último rincón del mueble donde se sientan los que no exigen, si es que encuentra espacio.
Pasan las semanas y uno responde a todo, menos a sí mismo.
Se cumple con lo que toca, se resuelven los pendientes, se atienden las crisis, y a simple vista parece que todo está bajo control.
Pero por dentro, lo esencial empieza a fracturarse.
No por desinterés, sino por falta de tiempo.
O peor aún, por haber aceptado que nunca hay tiempo suficiente para lo que no presiona.
Las ideas con potencial se quedan en notas de voz que nunca se vuelven proyectos.
Las relaciones importantes sobreviven con mensajes esporádicos de “a ver cuándo nos vemos.”
La salud se deja para el chequeo anual —si acaso—.
La lectura, para cuando se pueda.
Y la reflexión, para después.
Siempre después.
Lo más peligroso de lo urgente no es su volumen, sino lo bien maquillado que puede venir.
Se presenta como prioridad, pero muchas veces es solo “bulto” o humo.
Algo que apura, que interrumpe, que desorganiza.
Lo importante, en cambio, no insiste.
No manda notificaciones.
Solo se desgasta en silencio hasta que un día uno se da cuenta de que lleva años sin mirar a fondo lo que más sentido le daba.
Lo urgente alimenta el ego,
lo importante alimenta la vida.
Uno da resultados, el otro da rumbo.
Y sin rumbo, los resultados terminan siendo solo movimientos repetid