Estar disperso es una sensación rara, porque no es que tú estés cansado ni triste ni perdido… es como que tu mente está prendida, pero sin dirección. Empiezas algo y, así mismo, ya estás pensando en otra cosa. Abres el celular sin saber qué buscas, entras a una pestaña y te das cuenta de que no la estás leyendo, te acuerdas de un pendiente y, entonces, te llega otro encima. Al final no avanzas en nada, pero estás cansado como si hubieras hecho de todo. Y ahí aparece esa culpa, la que te dice que “deberías” concentrarte, que “deberías” tener claridad, como si uno pudiera obligar a la cabeza a comportarse.
Para salir de esa sensación hay que dejar de pelear con ella. A veces sirve parar un momento y aclarar qué realmente importa hoy, no la lista completa que tienes en la cabeza. Elegir una sola cosa —una— y terminarla sin presión te devuelve un poco de foco. No te endereza la vida, pero te da el primer paso. Y si no fluye, no pasa nada: hay días que no son para resolver, sino para evitar seguir enredándolo todo.