Editorial número diez
Hay cosas que uno no quiere mirar de frente,
no porque no las entienda, sino porque sabe perfectamente lo que implican.
A veces se está en una situación que ya no va para ningún lado,
y lo sabe bien, pero sigue.
Sigue por miedo, por costumbre,
porque cambiar significa desmontar demasiadas cosas al mismo tiempo.
Entonces decide callar, ocuparse, llenar el día con cualquier cosa,
mientras lo que realmente importa queda por ahí, en pausa.
Pero lo que se deja en pausa por mucho tiempo empieza a pudrirse.
No explota de inmediato, no avisa con señales grandes,
simplemente va apagando algo por dentro.
El entusiasmo, la claridad, las ganas de conectar con los demás o con uno mismo.
Como dicen los abuelos, el agua que no fluye, se estanca.
Y lo estancado termina oliendo mal.
Uno empieza a reaccionar raro, a sentirse irritable sin razón, a dormir mal, a perder el enfoque.
Y todo eso parece venir de afuera,
pero casi siempre tiene que ver con algo que se está evitando desde adentro.
Y evitar, aunque parezca una estrategia temporal,
se convierte muy fácil en estilo de vida.
Nos acostumbramos a convivir con la incomodidad mientras decimos que estamos bien.
A justificar que no es el momento.
A convencernos de que más adelante lo resolveremos,
pero ese “más adelante” rara vez viene con fecha.
Y mientras tanto, seguimos dando vueltas sobre lo mismo, acumulando tensión,
acumulando pendientes emocionales,
acumulando verdades que no queremos soltar.
Enfrentar no siempre significa cambiar todo de golpe.
A veces es solo admitir que algo está ahí, que nos molesta, que nos pesa,
que nos viene acompañando desde hace tiempo aunque no lo hayamos dicho.
Y aunque eso no lo resuelva de inmediato, sí cambia algo:
porque lo que se nombra se vuelve más manejable, más claro, más real.
Tal vez el punto no sea tener el valor para resolverlo todo hoy.
Tal vez se trata, simplemente, de dejar de fingir que no lo vemos.