Editorial número tres
Hay nacionalismos que nacen del amor a la patria y otros que se construyen sobre el desprecio y la conveniencia política.
En RD, lamentablemente, vemos demasiado del segundo.
Hoy, figuras que hasta hace poco pasaban inadvertidas encuentran en el odio al haitiano un atajo rápido hacia el aplauso fácil.
Convocan multitudes, enarbolan banderas, proclaman la defensa de la nación, pero poco o nada proponen para resolver las raíces reales de los problemas que denuncian.
Ignoran, o prefieren ignorar, que la crisis migratoria no se enfrenta con consignas encendidas sino con políticas públicas serias.
Ignoran que construir un país sólido exige algo más que excluir al otro.
Requiere enfrentar la desigualdad, reforzar las instituciones, invertir en educación, en oportunidades, en un futuro que no necesite buscar culpables para justificar sus vacíos.
El peligro no es menor.
Seguir a estos falsos patriotas no nos hará más fuertes, solo nos hará más frágiles.
Una sociedad que elige el resentimiento en lugar del entendimiento, el desprecio en lugar de la justicia, está cavando su propio estancamiento, repitiendo el viejo error de creer que cerrándose al mundo resolverá sus heridas internas.
La historia enseña que el verdadero amor a la patria no se mide en gritos ni en muros.
Se mide en la capacidad de construir un país más justo, más digno, más sabio.
El nacionalismo maduro escucha y busca soluciones.
El oportunista solo sabe señalar, dividir y aprovecharse del caos que él mismo alimenta.
Y esa diferencia, aunque algunos prefieran ignorarla, puede ser precisamente la que decida hacia dónde iremos.