Editorial número seis
Después de una semana demasiado fuerte —de esas que te sacan el jugo aunque no muevas un dedo físicamente— llega el viernes.
Y tú, medio en automático, dices:
“Bueno, ahora sí voy a mimir.”
No haces mucho. Bajas el ritmo.
Pero por dentro… nada cambia.
Es como si el cuerpo cooperara por obligación, pero la cabeza siguiera con lo suyo.
No es que uno no quiera descansar.
Claro que uno quiere.
A veces es lo único que uno quiere.
Pero hay algo dentro que no sabe cómo.
Algo que nunca encuentra el botón de apagar.
Lo peor es que nuestro cuerpo no se queja con palabras.
Se queja con tensión, con dolores que aparecen sin permiso y esa sensación de estar al borde sin saber de qué.
Y no es algo de “unos cuantos”.
En un estudio global con más de 90 investigaciones se encontró que 1 de cada 5 adultos en el mundo carga con un nivel de fatiga que puede durar hasta seis meses, sin explicación médica.
O sea, esto está pasando.
Y nadie tiene muy claro qué hacer.
Y claro, no todo es interno.
Hay cansancios que vienen también de afuera.
Vivimos en ciudades mal pensadas, con poco verde, calles que agotan en lo físico y mental, ruido que no para y decisiones tomadas por gente que claramente no diseña pensando en que aquí hay seres humanos viviendo.
Uno sigue.
Se mueve.
Hace lo que toca.
Pero entre una cosa y otra, te das cuenta que, hace tiempo, descansar dejó de sentirse como descanso.
Ahora es simplemente un espacio vacío entre dos responsabilidades.
No tenemos una cura, ni fórmula.
No estamos por encima de eso.
Estamos igual que tú, probablemente.
Pero si descansar se siente igual que trabajar…
andamos muy mal, y no es el sueño.